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Cuentan que un
joven paseaba una vez por una ciudad desconocida, cuando,
de pronto, se encontró con un comercio sobre
cuya marquesina se leía un extraño
rótulo: "La Felicidad". Al entrar descubrió que,
tras los mostradores, quienes despachaban eran
ángeles. Y, medio asustado, se acercó a uno de ellos
y le preguntó. "Por favor, ¿qué venden
aquí ustedes?" "¿Aquí? respondió el ángel. aquí vendemos
absolutamente de todo". "¡Ah! dijo asombrado el
joven . sírvanme entonces el fin de todas
las guerras del mundo; muchas toneladas de amor entre los
hombres; un gran bidón de comprensión
entre las familias, más tiempo de los padres para jugar
con sus hijos..." Y así prosiguió hasta que el
ángel, muy respetuoso, le cortó la
palabra y le dijo: "Perdone usted, señor. Creo que no me he
explicado bien. Aquí no vendemos frutos,
sino semillas."
La
pregunta más importante
Durante mi segundo
semestre en la escuela de enfermería, nuestro profesor nos dió un examen
sorpresa. Yo era un estudiante consciente y leí rápidamente todas las
preguntas, hasta que leí la ultima: "¿Cuál es el nombre de la mujer que
limpia la escuela?" Seguramente esto era algún tipo de broma. Yo había
visto muchas veces a la mujer que limpiaba la escuela. Ella era alta,
cabello oscuro, como de cincuenta años, pero, ¿cómo iba yo a saber su
nombre? Entregué mi examen, dejando la última pregunta en blanco. Antes
de que terminara la clase, alguien le preguntó al profesor si la última
pregunta contaría para la nota del examen. "Absolutamente", dijo el
profesor. "En sus carreras ustedes conocerán muchas personas. Todas son
importantes. Ellos merecen su atención y cuidado, aunque sólo les sonrían
y digan: '¡Hola!'" Nunca olvidé esa lección. También aprendí que su
nombre era Dorothy. Todos somos importantes
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