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Reminiscencias
sobre el laberinto
Artículo
realizado por Nestor Davio
Basado en el escenario desarrollado por el
psicoterapeuta Luis Martínez
Mi
visión interna del laberinto, aquella que
se conforma en mí cuando escucho la palabra o cuando frecuento uno de verdad o
veo su representación gráfica, es contradictoria, ya que apunta hacia los dos
extremos de una línea sutil de posibilidades. Sin embargo, la potencialidad de
las dos extremas sensaciones son reales y la concreción de una u otra sólo
depende de la actitud del caminante y del programa secreto de la vida.
Estos son los ecos que resuenan en mi cuando
el concepto se me insinúa de una forma o de otra:
El laberinto es un ámbito donde mi ser
arriesga y teme perder el camino hacia la meta final, pero donde también anhela
y espera (luego de vencer la bestia) encontrar el momento de la re-unión con la
merecida libertad. Largo y doloroso camino. Unico, aunque parezca abundar en
callejuelas muertas. No puede ser otro que aquél que caminaré con todos sus
obstáculos, con todos sus desvíos, con todas sus muertes y renacimientos.
Así me hablo cuando no hay intermediarios que
escuchen y es entonces cuando el laberinto se me aparece como una trampa mortal
y siento que puede serlo si no logro trascender la muerte.
Semejante empresa puede parecer como una
presunción febril, producto del miedo que la misma muerte me produce. Sin
embargo, la trascendencia (si no me asusto del miedo) depende de que acepte o no
la disolución final, de que sea capaz de vivir considerándola en cada uno de
mis actos y de que no intente vivir como si por el momento fuera inmortal. No me
refiero a obsesionarme con la idea de la muerte, que mas bien parece tener que
ver con lo contrario, sino a reconocer que soy su amo; que mi muerte me
pertenece.
Si existiese un almacén donde se dispensaran
las vidas, cuando fueras a agenciarte una, el paquete que te dieran estaría
envuelto con tu mortaja, y, paradójicamente, sólo podrías deshacerte de ella
si desenvolvieras el hilo y vieras que todo está construido con la materia de
la muerte y que es perfecto y bello que así sea.
Por mi parte sé que sólo podré vivir mi
camino si me reconcilio con la sustancia de la que está hecho, solo si la
sopeso en mi mano y no me coge pánico. Sólo cuando ya no crea ni siquiera en
mi, tal como me percibo de ordinario, ni en las formas que las apariencias me
muestran, mas que como los escenarios en los que se representa el drama y la
comedia de un karma al que llamo mi vida (*).
De este modo, y como producto de una intimidad
sentida, el laberinto es el área final donde discurro y en el que sólo la
espada, profundamente hundida en el toro, me concederá la libertad. Que así
sea.
(*) Vida: desde donde estoy
circunstancialmente mirando, aparece como el espacio entre dos muertes.
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