Entrevistas y Artículos

Rompiendo las cadenas 
(siempre hay una esperanza)

Articulo realizado por Luis Martínez

No puedo compartir la idea de algunas terapias que centran su atención exclusivamente en eliminar los síntomas sin preocuparse de buscar los verdaderos orígenes del conflicto que han llevado al paciente a su situación actual. Tampoco acabo de entender muy bien a aquellos terapeutas que pensando que la persona con los mecanismos de defensa más poderosos es la que mejor funciona en sociedad, se limitan a reforzar con escudos defensivos la estructura de la personalidad de sus clientes y no analizan los cimientos por los que se empezó a construir el personaje que representan.El poner cinta aislante en el tubo de una manguera que tiene una pequeña fisura, es una medida de choque que consigue frenar el problema de pérdida de agua momentáneamente, pero tarde o temprano, la presión continua del agua hará saltar la cinta y provocará la aparición de un agujero mucho mayor.

Del mismo modo, podemos observar la construcción de una torre hecha con naipes; a medida que colocamos carta sobre carta, su estructura se vuelve mas débil y corre mayor peligro de caerse, hasta que llega un momento concreto en el que todo el bloque se desmorona. Personalmente, creo que trabajando de esta forma, lo único que conseguimos es ponerle al paciente nuevas capas de cebolla y alejarle cada vez mas de su propia realidad. Solo tenemos que observar a los pacientes que acuden a nuestra consulta a diario, para darnos cuenta de que este tipo de acciones hacen agua por varios sitios y no acaban de conseguir su objetivo final que en definitiva es que el enfermo recupere su salud y equilibrio emocional. Este, en su lucha por seguir en la brecha del camino, ha ido haciendo una torre de naipes cada vez mas alta y dando mas y mas vueltas de cinta aislante a su "ser interior", aislándolo de la realidad, pensando que puede liberarse del sufrimiento con el solo hecho de no reconocerlo y creyéndose así más fuerte y seguro. Pero estar permanentemente sometido a está presión es demasiado agotador y en algún momento se  puede  producir  una gran crisis que le lleve a una caída empicada de la que después es mucho más difícil salir.

El caparazón que nos construimos encarcela nuestra verdadera realidad y crea un actor que reprime e intenta anularnos. Este "yo" falso, encerrado en un laberinto, busca incesantemente la salida para conseguir satisfacer sus necesidades reales ocultas, pero cuanto más avanza, mas se adentra por caminos pedregosos que al final le conducirán a un callejón sin salida. Con esta forma de actuar, la persona, aparentemente, cree funcionar mejor, pero sólo de cara a la galería, ya que internamente se va destruyendo poco a poco.

Pero... ¿porqué creamos este personaje? ¿porqué nos ponemos caretas una encima de otra constantemente a lo largo de nuestra vida...?

Creo que hay un anhelo de necesidades y un instinto de supervivencia que es intrínsico en el ser humano. Tan pronto como somos capaces de percibirnos a nosotros mismos como individuos, separados de nuestros padres, es cuando nos damos cuenta de nuestra indefensión y total dependencia de ellos, y haremos cualquier cosa para no perderlos. María Montessori dice: Ningún esclavo fue tanto la propiedad de su dueño como ocurre en el caso del niño". 

Ahora bien, ¿a partir de que momento desarrollamos esta percepción...? ¿cuando sabemos que no somos uno junto con todo el entorno y empezamos a sentirnos dependientes de la voluntad de nuestros padres...?. Creo que desde el mismo momento de ser engendrados, desde que somos un cigoto, ya tenemos necesidades que conllevan la dependencia: primarias (físicas, alimenticias) y necesidades de afecto, de amor, de cariño, de calor; somos capaces de captar lo que está ocurriendo fuera del claustro materno a través de los sentimientos y emociones que vive nuestra madre y que integramos en nosotros, sintiendo verdadero terror por las sensaciones de abandono. Si todas estas necesidades se mantienen durante un tiempo sin cubrir externamente, el "Ser" sufre y experimenta el sentimiento de rechazo, desprotección y muerte. Empieza entonces a poner en marcha su maquinaria de defensa haciendo que estas necesidades queden en un lugar muy apartado, bajo la trampilla del inconsciente (ese cuarto donde vamos almacenando todo lo que no nos vale), separa la necesidad de la conciencia, escindiéndola para proteger su propia supervivencia; pero en el fondo, la necesidad no satisfecha no ha desaparecido, permanece presa y oculta en la oscuridad bajo la trampilla y sigue martilleando durante toda la vida. Lo único que hemos hecho al intentar encerrarla en esta cárcel es que empiece a generar tensión que nos lleva a la búsqueda de cualquier escudo sustituto para apaciguarla, ya que como comentaba antes, el organismo tiene la necesidad innata de sobrevivir a cualquier precio. Esta forma de actuar se hace cíclica y repetitiva. Cuando las necesidades no son satisfechas se experimenta tensión y se desconecta de la conciencia. De esta forma no se siente. Poco a poco, sin darnos cuenta, el individuo se va encerrando en etapas y comienza así a mermar su evolución natural, desarrollando con dificultad su fortaleza, su independencia y su autoestima. Cada vez que experimenta tensión, la reprime negando, suplantando y cerrando el círculo mas y mas, hasta que llega el día en que el equilibrio se rompe. La irrealidad se hace más grande que la realidad y entonces es cuando podemos considerar a la persona como neurótico. A partir de ese momento vive en una dualidad entre un yo real que siente y un yo postizo que proyecta al exterior del que se disfraza para satisfacer sus necesidades. Estas gratificaciones simbólicas le sirven de sustituto para proyectar todo aquello que permanece oculto en su interior y que necesita expresarse de alguna forma.

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